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sábado, 18 de octubre de 2014

El cactus que no bebía

En un desierto lejano, donde el sol abrasa hasta el último grano de arena, vivía un cactus muy orgulloso de sí mismo, pues alardeaba de que era capaz de aguantar más tiempo sin beber agua que cualquiera de sus compañeros espinosos:
-Nadie en todo el desierto aguanta tanto tiempo sin beber agua como yo, cuando rara vez llueve  escondo mis flores y ni una sola gota entra en mí, Cuando los atrevidos humanos pasan por mi lado con agua que llevan a su casa desde el oasis cercano, yo aparto mi cuerpo para que no me salpique.

Este cactus era muy vanidoso, como podréis observar. Siempre se burlaba de sus compañeros. Pasaron días, meses e incluso años, pero aun así, a pesar de estar sediento, de no poder moverse por debilidad, de quedarse sin sus preciadas flores, que se secaron tiempo atrás y de perder casi todas sus espinas, el cactus deseó que lloviera, deseó que un humano pasara por allí y derramara sin querer agua de sus cubos, pero todo fue en vano.

Sus compañeros, llenos de verdor y con flores esplendorosas, con espinas afiladas y una belleza sin igual miraban tristemente al pobre cactus seco:
-Pobre cactus, siempre tan bobalicón y orgulloso, siempre alardeando de no beber; su altivez y su arrogancia le ha llevado a ese estado, una lástima, nosotros los cactus solemos vivir mucho tiempo, pero él acortó su vida.

Y así fue, por culpa de su arrogancia, de creerse tan superior, el cactus que no bebía aprendió la lección. Aunque pagó con ello su vida, por bobalicón.

¿Qué opináis vosotros? Es necesario alardear para vivir? Ahí lo dejo.